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Género y Compliance: 8 errores que debilitan la prevención del acoso laboral

Género y Compliance: 8 errores que debilitan la prevención del acoso laboral

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5 minutos

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2026-09-01

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2026-09-01

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Cuando una organización recibe una denuncia por acoso laboral, discriminación o conductas inapropiadas vinculadas con cuestiones de género, suele activarse un despliegue inmediato de recursos: intervienen Gestión de Personas, Compliance, Asuntos Legales y la Alta Dirección.

Sin embargo, existe una pregunta crucial que pocas empresas se plantean a tiempo: ¿qué ocurrió en la organización antes de que esa denuncia se volviera visible?

En la gran mayoría de los casos, los incidentes no ocurren en el vacío. Las señales de alerta existían con meses, e incluso años, de anticipación: comentarios fuera de lugar desestimados como “bromas”, conductas intimidatorias normalizadas, mandos medios que no supieron cómo intervenir o colaboradores que ignoraban si lo que presenciaban constituía una falta denunciable.

En materia de género y Compliance, la verdadera diferencia entre una organización reactiva y una madura no radica únicamente en la velocidad con la que investiga una denuncia, sino en la solidez de la estrategia desplegada previamente para prevenir, detectar y contener los riesgos.

Un problema más frecuente de lo que parece

Las situaciones de violencia, acoso y discriminación por motivos de género en el entorno laboral no constituyen eventos fortuitos ni anomalías aisladas.

De acuerdo con el estudio mundial desarrollado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), Lloyd's Register Foundation y Gallup, el 22,8% de las personas trabajadoras a nivel global ha sufrido al menos una forma de violencia o acoso laboral a lo largo de su trayectoria profesional. Esta cifra implica que más de 743 millones de personas han sido expuestas a estas dinámicas.

Al desagregar los datos por tipo de manifestación, el acoso psicológico encabeza la prevalencia, afectando al 17,9% de los trabajadores, seguido por el acoso físico con un 8,5% y el acoso sexual laboral con un 6,3%.

En América Latina y el Caribe, el impacto de género adquiere matices aún más severos. Informes de la Comisión Interamericana de Mujeres (CIM) de la OEA e investigaciones regionales sobre clima laboral indican que las mujeres tienen el doble de probabilidades de reportar acoso sexual en el trabajo en comparación con los varones. Asimismo, cerca del 34% de las trabajadoras en la región manifiesta haber experimentado barreras asociadas al sesgo de género, brechas salariales o comentarios desvalorizantes sobre sus capacidades profesionales en sus entornos de trabajo.

El desafío del subregistro

A pesar de la magnitud de estas cifras, uno de los principales desafíos para los sistemas de gestión de Compliance no radica únicamente en la frecuencia del fenómeno, sino en la brecha de reporte.

El diagnóstico de la OIT revela que tan solo el 54,4% de las víctimas de acoso llegó a compartir su situación con alguna persona, y una fracción significativamente menor formalizó un reporte ante las estructuras internas de la empresa. En el ámbito específico del acoso sexual, estudios regionales estiman que hasta un 80% de los incidentes nunca llega a conocimiento de los canales éticos institucionales, configurando un fenómeno de silencio sistemático.

Detrás de este subregistro existen barreras psicológicas, culturales e institucionales plenamente identificadas. La razón principal manifestada por el 55,1% de las personas agraviadas es el escepticismo y la ineficacia percibida: la convicción de que denunciar resulta una “pérdida de tiempo” ante la expectativa de que la Alta Dirección no tomará medidas sancionatorias ni corregirá la conducta del infractor, especialmente cuando este ocupa una posición jerárquica superior o genera altos ingresos para la compañía.

En segundo lugar, un 42,5% de las víctimas omite el reporte por temor a las consecuencias, señalando el miedo directo a sufrir represalias profesionales, ser marginadas de proyectos clave, recibir evaluaciones negativas o perder el empleo.

Por último, un 38,2% menciona la vergüenza, el desconocimiento de los canales de denuncia o la falta de claridad en los procedimientos de protección, situación que se agrava en la región considerando que más del 50% de los países aún carecen de marcos normativos y protocolos obligatorios que contemplen de manera integral los riesgos psicosociales y la violencia de género en el empleo.

El impacto real: costos humanos, operativos y económicos

Minimizar o desatender las situaciones de acoso y discriminación genera consecuencias directas que trascienden el daño individual a la víctima y afectan la sostenibilidad económica y la reputación de la organización.

En el plano individual, la exposición sostenida a ambientes hostiles y violencia laboral genera cuadros severos de ansiedad, depresión, burnout y ausentismo prolongado por licencias médicas.

Desde la perspectiva del capital humano y la productividad, investigaciones de la OCDE y de consultoras en gestión de personas estiman que el acoso laboral no abordado reduce la productividad del equipo afectado entre un 20% y un 40%, incrementa la rotación voluntaria de personal calificado en un 50% y dispara los costos de reclutamiento y reentrenamiento de reemplazos.

En el ámbito legal y financiero, una respuesta tardía o defectuosa ante casos vinculados con género puede exponer a la empresa a demandas por daños y perjuicios, indemnizaciones laborales agravadas y sanciones administrativas derivadas del incumplimiento de las normas locales aplicables.

A esto se suma el impacto reputacional y la pérdida de valor de marca. La opinión pública, los inversores que incorporan criterios ESG (ambientales, sociales y de gobernanza) y los propios clientes observan cada vez con mayor atención cómo responden las organizaciones frente a situaciones de acoso, violencia o discriminación. Una gestión deficiente puede afectar contratos comerciales, deteriorar la marca empleadora y dificultar la atracción y retención de talento.

Los 8 errores más comunes en la prevención y gestión del acoso laboral

Invertir en canales de reporte y protocolos no garantiza por sí solo una prevención efectiva si la cultura organizacional arrastra fallas estructurales. Estos son ocho errores frecuentes que pueden debilitar el sistema y permitir que situaciones inicialmente detectables escalen.

1. Dar por sentado que el equipo sabe identificar conductas inapropiadas

Existe la falsa premisa de que todo el personal comparte el mismo criterio sobre el límite entre un trato profesional y una falta de respeto. En la práctica, conductas como comentarios sobre el aspecto físico, humillaciones disfrazadas de humor o la exclusión deliberada de reuniones de trabajo suelen estar fuertemente normalizadas.

El riesgo: invisibilizar el problema y permitir que el hostigamiento sutil se perpetúe e incremente su intensidad bajo la mirada tolerante del entorno.

Cómo prevenirlo: implementar capacitaciones continuas basadas en dilemas éticos y casos prácticos reales, que permitan unificar criterios sobre lo que constituye acoso, violencia laboral y discriminación de género.

2. Reducir la prevención a un documento guardado en la intranet

Limitarse a redactar un Código de Conducta o un protocolo contra el acoso y archivarlo en la red interna genera una falsa sensación de seguridad.

El riesgo: que la normativa se convierta en “papel mojado” y que la organización no pueda demostrar que sus políticas eran efectivamente conocidas y operativas.

Cómo prevenirlo: transformar los documentos formales en campañas de comunicación activa, talleres participativos e inducciones obligatorias que traduzcan las reglas escritas en conductas cotidianas concretas.

3. Dejar a los líderes y mandos medios sin herramientas de actuación

Los supervisores y gerentes son habitualmente el primer punto de contacto ante una incomodidad o una queja informal. No capacitarlos puede generar respuestas improvisadas e inapropiadas: minimizar el hecho considerándolo “un malentendido”, sugerir a las partes que “lo resuelvan entre ellas”, encarar investigaciones informales sin competencia o romper la confidencialidad.

El riesgo: perder una oportunidad de detección temprana, revictimizar a la persona afectada o comprometer una eventual investigación posterior.

Cómo prevenirlo: brindar formación específica al liderazgo y establecer claramente su rol como primer receptor: escuchar sin juzgar, evitar prometer soluciones al margen de los procedimientos establecidos y derivar el caso hacia los equipos responsables de su gestión.

4. Minimizar conductas porque parecen “menores” o aisladas

Las investigaciones internas revelan que las denuncias por faltas graves casi siempre estuvieron precedidas por pequeños incumplimientos ignorados.

El riesgo: permitir la escalada del conflicto y consolidar un entorno donde la impunidad percibida incentive comportamientos cada vez más severos.

Cómo prevenirlo: adoptar un enfoque preventivo de Compliance que registre y atienda las señales tempranas, interviniendo mediante llamados de atención, revisión de dinámicas de equipo o ajustes de control antes de que la situación derive en un daño mayor.

5. Generar incertidumbre sobre el funcionamiento del canal de reporte

Contar con una vía de denuncia es insuficiente si los colaboradores desconocen quién recibe la información, cómo se procesa o qué garantías de confidencialidad existen.

El riesgo: generar silencio organizacional y favorecer la proliferación de canales informales, llevando a las personas afectadas a desistir del reporte interno, abandonar la organización o recurrir directamente a otras instancias.

Cómo prevenirlo: comunicar de manera transparente las características de los canales éticos, detallando cómo funciona la recepción de reportes, qué tratamiento recibe la información, qué garantías existen para proteger la identidad y cuáles son las etapas posteriores.

6. Abordar las denuncias sin una metodología de investigación clara

Iniciar indagaciones sin un procedimiento técnico y formalizado genera severos riesgos de falta de imparcialidad, contaminación de pruebas y vulneración del debido proceso.

El riesgo: comprometer la calidad y legitimidad de la investigación, dificultar la toma de decisiones y aumentar la exposición legal de la organización.

Cómo prevenirlo: contar con un protocolo de investigación profesional que garantice la trazabilidad del proceso, la conservación adecuada de evidencias testimoniales y documentales, la objetividad en el análisis y el sustento probatorio de las decisiones finales.

7. Desatender los riesgos de revictimización y represalias

Someter a la persona denunciante a interrogatorios reiterados, ventilar los detalles del caso o no supervisar la dinámica laboral posterior al reporte genera un riesgo crítico de daño psicológico adicional y de represalias directas o indirectas, como aislamiento profesional o evaluaciones arbitrarias. Esto destruye por completo la credibilidad del sistema.

El riesgo: afectar nuevamente a quien realizó el reporte y transmitir al resto de la organización que denunciar puede generar consecuencias negativas.

Cómo prevenirlo: adoptar medidas de protección adecuadas al caso, resguardar la confidencialidad de la información y realizar un seguimiento posterior que permita detectar posibles represalias contra quienes reportan de buena fe. Los lineamientos de ISO 37002 sobre sistemas de gestión de denuncias ofrecen un marco relevante para estructurar estos procesos.

8. Tratar la capacitación como un remedio reactivo tras un incidente

Planificar talleres a toda prisa únicamente cuando una denuncia cobró estado público o judicial se percibe como una maniobra defensiva de control de daños.

El riesgo: perder legitimidad frente a los colaboradores y grupos de interés. La formación posterior no repara el daño consumado ni reconstruye automáticamente la confianza quebrantada.

Cómo prevenirlo: integrar la capacitación dentro de un plan anual sistemático y medible, asumiéndola como una herramienta preventiva permanente que fortalezca de manera continua la cultura de integridad y respeto.

Caso real en LATAM: qué ocurre cuando las señales tempranas son ignoradas

Un caso real ocurrido en una compañía multinacional con operaciones en América Latina permite observar cómo distintas fallas preventivas pueden acumularse hasta convertir una situación inicialmente gestionable en un riesgo humano, legal y reputacional. Los datos que permitirían identificar a la organización o a las personas involucradas fueron omitidos por razones de confidencialidad.

Varias colaboradoras del área comercial manifestaron de manera informal a sus superiores directos que un director regional mantenía conductas inapropiadas. Estas dinámicas incluían comentarios sexistas, insinuaciones fuera de contexto laboral y medidas de aislamiento profesional hacia quienes rehusaban sus invitaciones.

Dado que el director involucrado registraba los índices de facturación más altos de la región, los mandos medios optaron por desestimar las quejas, catalogándolas como “problemas de personalidad” y aconsejando a las afectadas “no generar conflictos”.

La empresa contaba con un canal ético, pero los colaboradores no confiaban en él porque dependía directamente del área de Recursos Humanos local y no garantizaba independencia.

Ante la falta de respuesta interna, dos de las colaboradoras renunciaron y presentaron acciones legales por violencia de género y acoso laboral, lo que derivó en la filtración del caso a medios de comunicación.

La Alta Dirección intentó iniciar una investigación interna de urgencia, pero al no contar con un protocolo formalizado, se filtraron los testimonios, se expuso a las denunciantes y se generó una grave crisis reputacional.

El mayor costo reputacional y económico para la compañía no derivó exclusivamente de la falta inicial del ejecutivo, sino de la incapacidad institucional para detectar el problema a tiempo, canalizar la queja y brindar una respuesta objetiva y protegida.

Capacitación e investigación: dos pilares para prevenir y gestionar los riesgos

Suele cometerse el error de considerar la capacitación como una acción preventiva aislada y la investigación como un recurso reactivo que solo se activa ante la crisis. En un programa de Compliance efectivo, ambos componentes forman parte de un ciclo continuo.

El proceso comienza con la formación y sensibilización, que permite brindar herramientas a colaboradores y líderes para identificar conductas inapropiadas, establecer límites y unificar criterios sobre el respeto en el trabajo.

A esto le sigue la detección y el reporte, donde resulta indispensable que existan mecanismos accesibles, confidenciales y confiables para que las señales puedan llegar a conocimiento de la organización antes de escalar.

Cuando surge un reporte, entra en juego la investigación metodológica: una respuesta objetiva orientada a esclarecer los hechos mediante un procedimiento técnico que garantice el debido proceso, la preservación de evidencia y la imparcialidad.

Finalmente, el ciclo se cierra con las medidas correctivas y el aprendizaje organizacional: sancionar las faltas comprobadas cuando corresponda, aplicar los correctivos necesarios y revisar los controles internos para evitar que situaciones similares vuelvan a repetirse.

Capacitar para prevenir y detectar

La capacitación actúa como el motor preventivo. Una formación estructurada por niveles jerárquicos permite desnaturalizar el acoso, enseñando a identificar sesgos inconscientes, microagresiones y dinámicas de poder.

También prepara a líderes y mandos medios para actuar adecuadamente frente a las primeras señales: saber escuchar, contener y derivar los casos sin emitir juicios, improvisar investigaciones ni revictimizar.

La formación no debería limitarse a explicar qué conductas están prohibidas. Su verdadero valor está en transformar políticas y principios abstractos en criterios concretos de actuación frente a situaciones que pueden presentarse en la vida cotidiana de una organización.

Investigar para responder con objetividad

Cuando un incidente es reportado, llevar a cabo una investigación profesional permite esclarecer los hechos con objetividad, analizando testimonios y evidencias bajo metodologías que reduzcan sesgos y aseguren la trazabilidad del proceso.

Una investigación correctamente estructurada también protege a todas las partes involucradas: resguarda los derechos de la persona denunciante, preserva la presunción de inocencia de la persona investigada y proporciona a quienes deben tomar decisiones un sustento objetivo.

Además, cada investigación puede generar aprendizaje organizacional. Los casos permiten identificar fallas en la supervisión, vacíos normativos, debilidades en los controles o necesidades de capacitación que deberían incorporarse nuevamente al sistema preventivo.

Una organización no debería esperar a recibir una denuncia formal para gestionar los riesgos vinculados con acoso, discriminación o violencia laboral. La prevención requiere formar a colaboradores y líderes, establecer criterios claros de conducta y generar las condiciones para detectar señales tempranas. Cuando un reporte se produce, una investigación profesional permite responder con objetividad, proteger a las partes y convertir lo ocurrido en aprendizaje para fortalecer el sistema.

De la reacción a la prevención: una estrategia integral

Prevenir situaciones de acoso, discriminación y violencia vinculadas con género exige mucho más que reaccionar correctamente cuando aparece una denuncia. Requiere desarrollar capacidades antes de que el conflicto escale y contar con una metodología sólida para actuar cuando efectivamente ocurre.

En Resguarda acompañamos a las organizaciones en ambos momentos de ese proceso.

A través de nuestras Capacitaciones, desarrollamos programas adaptados a las necesidades y riesgos de cada organización, orientados a sensibilizar a los equipos, entrenar a líderes y mandos medios para gestionar situaciones sensibles y transformar las políticas internas en criterios concretos de actuación.

A través de nuestro servicio de Investigaciones, aportamos una mirada especializada e independiente para el abordaje de denuncias sensibles, aplicando metodologías orientadas a garantizar la objetividad, la trazabilidad, la confidencialidad y el debido proceso durante la investigación.

Pasar de la reacción a la prevención implica integrar ambas capacidades dentro de una misma estrategia: formar para identificar y actuar antes, e investigar con rigor cuando una situación requiere ser esclarecida. Esa combinación permite fortalecer la cultura de integridad, proteger a las personas y reducir la exposición de la organización frente a riesgos humanos, legales y reputacionales.

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